28 febrero 2011

Castells: Internet ha facilitado insurrecciones en mundo árabe

Los medios de comunicación llevan semanas centrando su atención primero en Túnez y después en Egipto. Las insurrecciones populares que siguieron a la inmolación del joven tunecino Mohamed Bouazizi acabaron en pocos días con la dictadura de Ben Ali y, como si de una hilera de fichas de dominó se tratara, con la presidencia de Hosni Mubarak, y han abierto un proceso democrático en ambos países. Los manifestantes también salieron a la calle en Yemen, Argelia y Jordania.

Está claro, pues, que el mundo árabe se está levantando para pedir mayores cotas de libertad a sus respectivos regímenes.

En todo este proceso juegan un papel primordial, clave, las nuevas tecnologías, en especial las redes sociales, que permiten superar la censura imperante. Ante estos hechos históricos, Manuel Castells, catedrático de Sociología y director del Internet Interdisciplinary Institute de la Universitat Oberta de Catalunya, reflexiona sobre lo que está ocurriendo y da claves para entender un movimiento ciudadano que saca el máximo partido de los nuevos canales de comunicación que tiene a su alcance.



Los movimientos sociales espontáneos en Túnez y Egipto han cogido desprevenidos a los analistas políticos. Como sociólogo y experto en comunicación, ¿le ha sorprendido la capacidad de la sociedad-red de estos dos países a la hora de movilizarse?
La verdad es que no. En mi libro Comunicación y poder dedico bastantes páginas a explicar, sobre una base empírica, cómo la transformación de las tecnologías de la comunicación crea nuevas posibilidades para la autoorganización y la automovilización de la sociedad, superando las barreras de censura y represión impuestas por el Estado. Claro que la cuestión no depende de la tecnología. Internet es una condición necesaria pero no suficiente.

Las raíces de la rebelión están en la explotación, la opresión y la humillación. Pero la posibilidad de rebelarse sin ser aplastado de inmediato depende de la densidad y la rapidez de la movilización, y esto se relaciona con la capacidad creada por las tecnologías de lo que he conceptualizado como autocomunicación de masas.



¿Podríamos considerar estas insurrecciones populares un nuevo punto de inflexión en la historia y evolución de Internet o bien tendríamos que analizarlas como una consecuencia lógica, aunque de gran calado, de la implantación de la red en el mundo?
Estas insurrecciones populares en el mundo árabe son un punto de inflexión en la historia social y política de la humanidad. Y tal vez la más importante de las muchas transformaciones que Internet ha inducido y facilitado, en todos los ámbitos de la vida, la sociedad, la economía y la cultura. Y estamos sólo al principio, porque el movimiento se acelera, aunque Internet sea una vieja tecnología, desplegada por primera vez en 1969.



La juventud egipcia ha desempeñado un papel clave en las insurrecciones populares gracias al uso de las nuevas tecnologías.

Sin embargo, según los cálculos de Issandr el Amrani, analista político independiente de El Cairo, sólo una cuarta parte de la población egipcia dispone de acceso a Internet. ¿Piensa que esta situación puede crear en estos países una brecha —usando sus propias palabras, entre conectados y desconectados— todavía mayor que la que se da en los países desarrollados?
El dato ya es antiguo. Hay un 40 por ciento de egipcios mayores de 16 años conectados a Internet, si se toman en cuenta no sólo los hogares, sino también los cibercafés y los centros de estudio, según un trabajo reciente de 2010 de la empresa de información Ovum, y entre los jóvenes urbanos las tasas llegan al 70 por ciento.

Además, según datos de hace poco, el 80 por ciento de la población adulta urbana está conectada por móvil. Y en cualquier caso, en un país de 80 millones de habitantes, incluso una cuarta parte (entre los jóvenes urbanos la proporción es el doble), según las fuentes más antiguas, implica que haya millones de personas en la calle. No se ha manifestado todo Egipto, pero sí los suficientes ciudadanos como para que se sintieran unidos y pudieran derrocar al dictador.

La historia de la brecha digital en términos de acceso es vieja, falsa hoy en día, y aburrida, pues parte de una predisposición ideológica, entre los intelectuales, a minimizar la importancia de Internet.

Hay dos mil millones de usuarios de Internet en el planeta, y 4.800.000 abonados de móviles. Los pobres también tienen móviles y, aunque menos, tienen formas de acceso a Internet. La verdadera diferencia se da en el ancho de banda y en la calidad de la conexión, pero no en el acceso, que está difundiéndose con mayor rapidez que ninguna otra tecnología en la historia.



¿Hasta qué punto el poder tiene las herramientas necesarias para sofocar las insurrecciones promovidas desde la red?
No las tiene. En Egipto incluso intentaron desconectar del todo la red y no lo consiguieron. Hubo mil formas, incluyendo conexiones fijas de teléfono a números en el extranjero que transformaban automáticamente los mensajes en envíos a twitters y fax en Egipto. Y el costo económico y funcional de la desconexión de Internet es tan alto que se tuvo que restaurar muy rápidamente.

Hoy en día, un apagón de la red es como uno eléctrico. Ben Ali no cayó tan rápido, hubo un mes de manifestaciones y masacres. Y en Irán no se pudo cerrar Internet y las manifestaciones estuvieron siempre comunicadas y con sus videos en YouTube. La diferencia es que ahí, políticamente, el régimen tuvo fuerza para reprimir salvajemente sin que se dividiera el Ejército.

Pero las semillas de la rebelión están ahí y los jóvenes iraníes (el 70 por ciento de la población) están ahora masivamente contra el régimen. Es cuestión de tiempo.



La movilización popular a través de medios digitales ha creado en Egipto héroes de corte cibernético como Wael Ghonim, el joven ejecutivo de Google. ¿Qué papel cree que pueden desempeñar estos nuevos líderes en el futuro de sus países?
Lo importante de las «wikirrevoluciones» (las que se autogeneran y se autoorganizan) es que los liderazgos no cuentan, son puros símbolos.

Pero estos símbolos no mandan nada, nadie los obedecería y ellos tampoco lo intentarían. Puede ser que luego, una vez ya institucionalizada la revolución, se coopte a algunas de estas personas como símbolos del cambio, aunque dudo mucho que Ghonim quiera ser político. Cohn Bendit era lo mismo, un símbolo, no un líder. Fue estudiante y amigo mío en el 68, y él era un auténtico anarquista: Rechazaba la decisión de los líderes y utilizaba su carisma (el primero en ser reprimido) para ayudar a la movilización espontánea.

Walesa fue distinto, un vaticanista de aparato sindical, por eso se hizo político rápidamente. Cohn Bendit tardó mucho más y, aun así, es fundamentalmente un verde que todavía, ya en su vejez, mantiene valores de respeto a los orígenes de los movimientos sociales.



¿La alianza entre medios de comunicación convencionales y nuevas tecnologías es el camino a seguir en el futuro para lidiar con éxito los grandes retos?
Los grandes medios de comunicación no tienen elección. O se alían con Internet y con el periodismo ciudadano, o se irán convirtiendo en marginales y económicamente insostenibles. Pero, hoy por hoy, esa alianza es decisiva para el cambio social. Sin Al Yazira no hubiese habido revolución en Túnez.



En su artículo de La Vanguardia titulado «Comunicación y revolución» del 5 de febrero usted acababa recordando que China había prohibido la palabra Egipto en Internet. ¿Cree que existen las condiciones para que en el gigante asiático se pueda dar un movimiento popular parecido al que está azotando al mundo árabe?
No, porque el 72 por ciento de los chinos apoyan a su Gobierno, pues la clase media urbana y, sobre todo, los jóvenes están muy ocupados haciéndose ricos, y los problemas de campesinos y obreros, los verdaderos problemas sociales de China, les quedan muy lejos.

El Gobierno se cura demasiado en salud, en exceso, porque al censurar por sistema antagoniza a mucha gente que no está realmente en contra. La democracia en China, hoy por hoy, no es un problema para la mayoría de la gente, a diferencia de lo que pasaba en Túnez y en Egipto.



¿Este nuevo tipo de comunicación, globalizada, atomizada y que se nutre de la aportación de millones de usuarios, puede llegar a cambiar nuestra manera de entender la comunicación interpersonal o sólo es una potente herramienta más a nuestra disposición?
Ya la ha cambiado. Nadie que esté diariamente en las redes sociales (y éste es el caso de 700 de los 1.200 millones de usuarios de redes sociales) sigue siendo la misma persona. Pero es una interacción en línea / fuera de línea, no un mundo virtual esotérico.

Cómo ha cambiado, cómo cambia cada día, esta nueva comunicación es una cuestión que se debe responder mediante una investigación académica, no a través de cotilleos de tertulianos. Y en eso estamos, y por eso emprendimos el Proyecto Internet Cataluña en la UOC.



¿Podemos decir que los ciberataques serán la guerra del futuro?
En realidad son la guerra del presente. Estados Unidos considera prioritaria la ciberguerra. Han destinado un presupuesto 10 veces mayor a esta cuestión que el de todos los demás países juntos. En España, las Fuerzas Armadas también están equipándose rápidamente en el mismo sentido. Internet es el espacio del poder y de la felicidad, de la paz y de la guerra.

Es el espacio social de nuestro mundo, un lugar híbrido construido en la interfaz entre la experiencia directa y la mediada por la comunicación, y, sobre todo, por la comunicación en Internet.

Perfil

• Sociólogo, economista y experto en comunicación.

• Catedrático de Sociología y director del Internet Interdisciplinary Institute (IN3) de la Universitat Oberta de Catalunya en Barcelona.

• Catedrático emérito de Sociología y de planificación urbana y regional de la Universidad de California, Berkeley.

• Profesor y titular de la cátedra de Wallis Annenberg de Tecnología de comunicación y sociedad en la Universidad del Sur de California, Los Ángeles.

• Ha publicado 25 libros, incluida la trilogía La era de la información: cultura, economía y sociedad.

• Su última obra es Comunicación y poder (2009). Está editada en inglés, castellano, catalán, italiano, portugués y chino; actualmente se está traduciendo al árabe.

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